La tímida apertura de tiendas ‘sizeless’ podría ser el comienzo de algo mucho más grande

En 1951, el filósofo Bertrand Russell publicó un decálogo que incluía una de sus citas más famosas y que viene totalmente al caso: «No temas ser excéntrico en tus opiniones, ya que todas las opiniones ahora aceptadas fueron excéntricas alguna vez». Lo que en la moda, una industria sujeta al cambio constante, tiene fácil traducción. La vanguardia –es decir, lo nuevo, muy nuevo, súper nuevo– es susceptible de convertirse en norma en un abrir y cerrar de ojos, y con esto nos referimos a que lo que hoy vemos como improbable, mañana puede ser seguro.

Así pues, la idea de prendas «sin tallas» o sizeless por la que están apostando algunas tiendas no resulta tan descabellada como puede parecer en un primer momento, al fin y al cabo encaja perfectamente con el futuro que la moda viene perfilando: un mundo que deje atrás las etiquetas, cualesquiera que sean estas; un mundo que no encasille ni divida a las personas, sino que las una.

La industria está inmersa en la difícil tarea de revertir una manera de pensar poco saludable: ya no se trata de ensalzar nuestras diferencias, sino de hacer lo propio con las semejanzas. El triunfo del genderless o género unisex nos puso sobre la pista de la moda neutra, por lo que el sizeless no hace sino ahondar (más) en este concepto cuya meta es la belleza universal y democrática.

 

 

Justo en el lado opuesto a las tallas únicas de Brandy Meville y otras firmas, cuyas prendas mínimas están concebidas para un tipo de cuerpo muy concreto, está la idea de no cribar ni «categorizar» a nadie por la talla. Se acabó aquello de «soy de la 36» o «soy de la 40», aferrándonos a una cifra como si nos fuera la vida en ello y con los consecuentes dramas que esto genera, porque los genera.

El nuevo planteamiento pasa por guiarse única y exclusivamente por lo que te sienta bien. Y aunque puede parecer un concepto poco práctico, por aquello de buscar en la más absoluta inopia entre un mar de posibilidades, pesa más el mensaje que otra cosa.

Hablamos de regresar a la infancia, cuando estábamos libres de prejuicios y de su yugo. Hablamos de espacios exentos de juicios de valor. Hablamos de vivir (y vestir) sin complejos. Hablamos de piezas que no son ni para unas/os ni para otras/os; son para todos. Hablamos de concentrarnos en lo que importa: ser libre y sentirse a gusto. Hablamos de juzgar menos y ser más empáticos. Hablamos de ganar en términos de felicidad. Hablamos de entender que TODOS estamos en el mismo barco y hemos de remar a una. 

Fuente:vogue.es

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