De la congelación que sufre desde mediados de marzo el turismo en el Archipiélago a causa de la epidemia del nuevo coronavirus se preparan para salir, aunque tímidamente, algunas actividades. Los alojamientos rurales, enclavados en parajes naturales y donde resulta más sencillo vivir una experiencia individualizada, lejos de las temidas aglomeraciones, pueden vivir este verano un cierto despertar. Será la clientela conformada por los residentes la que alimentará esta anhelada mejoría que, con todo, todavía está sujeta a muchas incertidumbres y que, por las previsiones actuales, se limitará al periodo estival. Unas islas lo tendrán más fácil que otras: las capitalinas, con un mercado más voluminoso, son las mejor situadas en esta desescalada turística, mientras que las periféricas dependerán en gran medida de la recuperación de la conectividad.

Este modesto despegue del turismo rural en la región tiene, por tanto un marco temporal, el que se desarrolla entre la primera quincena de julio y el mismo periodo de septiembre. Así lo cree Carlos Fernández, promotor de la Asociación de Turismo Rural Isla Bonita -que acumula ya más de un cuarto de siglo de vida- y también estudioso, en su condición de profesor de Economía Aplicada en la Universidad de LA Laguna (ULL), de la llamada primera industria de Canarias. El mercado local sustentará esta etapa, mientras que por el turismo nacional y, sobre todo, europeo habrá que seguir esperando. De hecho, el palmero constata que en estos días se están produciendo cancelaciones de clientes internacionales para la temporada de invierno. En esta fase aún marcada por la incidencia de la epidemia y por falta de certezas sobre el momento en que se consiga un tratamiento eficaz o una vacuna mandan «las noticias». Al ritmo que imponen estas fluctúan las reservas. Como ejemplo, el representante de la histórica asociación relata que las entrevistas con el médico del hospital de Munich en las que advierte de una pérdida de inmunización en las primeras personas que se infectaron con el virus han venido seguidas de cancelaciones de clientes alemanes.

La situación actual es de «paralización total», advierte, por su parte, Pedro Carreño, presidente de la Asociación Canaria de Turismo Rural (Acantur), que muestra algo menos de confianza en las posibilidades de una recuperación relativamente temprana, aunque sí es más positivo en cuanto a las expectativas del sector a largo plazo. «Esto no se está moviendo», dice Carreño, que ejerce su labor en Fuerteventura. La situación es algo mejor, reconoce, en las islas centrales, porque en ellas hay más población y «un cierto movimiento de los centros urbanos hacia el medio rural que está siendo bueno». Pero «en general» hay escaso dinamismo en el sector, «no solo en Canarias, sino en toda España», aunque las perspectivas mejoran algo cuando se mira hacia julio o agosto. «Está empezando a haber reservas, pero muy pocas».

Más y menos demanda

La diferencia entre islas reside, precisamente, en el volumen de población, que a su vez supone un desequilibrio en la demanda entre las más y menos pobladas. Carlos Fernández, no obstante, espera que cuando los problemas de movilidad aérea y marítima empiecen a resolverse mejorará también la situación de los territorios insulares no capitalinos.

Más allá de los próximos meses existe la sensación de que los cambios que la pandemia ha introducido en los hábitos de los ciudadanos pueden favorecer las expectativas de una oferta como la del turismo rural. En ese periodo posCovid, como lo denomina Fernández, esta modalidad turística «se va a ver beneficiada, sin duda». Sin embargo, adaptarse a esas nuevas exigencias también entraña sus dificultades. «Todo eso conlleva un proceso menos sencillo al principio, pero luego nos habituaremos», expone el Premio de Turismo Islas Canarias de 2017. Algunos ejemplos de esos obstáculos iniciales pueden ser, detalla, la necesidad de dejar periodos de tiempo entre la salida de una reserva y la entrada de otra o de acometer inversiones para adquirir tecnologías de higienización y desinfección. Será preciso «un proceso de formación» al que los propietarios y empresarios pueden dedicar las semanas que quedan hasta que se reactive el sector.

Si se cumplen las previsiones sobre las nuevas tendencias turísticas en el mundo después de la pandemia, el turismo ligado al entorno rural y a la naturaleza tiene mucho que ganar. «El coronavirus no solo tiene un aspecto sanitario humano. También incide en la dimensión de lo planetario y el cambio climático. Se va a hacer énfasis en que cuidarnos a nosotros significa cuidar el planeta, y eso tendrá una traslación clara a determinado tipo de productos turísticos de naturaleza y ecoturísticos», reflexiona Carlos Fernández. «Es una oportunidad de que se mire hacia nosotros, de evitar el despoblamiento del medio rural y de recuperar el patrimonio de los pueblos, que se está viniendo abajo», aconseja Pedro Carreño.

El presidente de Acantur defiende la necesidad de un cambio en el modelo turístico que ha imperado en el Archipiélago y que, para él, «no es bueno». «Nos esclaviza y no nos favorece», sentencia Carreño. Volver la vista al campo, a la naturaleza y a los valores que representa es, a su juicio, urgente. «Los turistas, al despedirse, te dicen lo que han sentido, que es también lo que uno ha sido capaz de transmitir y lo que han vivido en los pueblos: salidas de sol y atardeceres extraordinarios, calma, patrimonio cultural, gastronomía…», señala.

Si este giro se produce, el presidente de la Asociación Canaria de Turismo Rural -que, a su vez, reúne a las asociaciones de cada isla- espera una mayor atención al sector por parte de las administraciones públicas. «Hubo un momento en el que las autoridades miraron mucho hacia nosotros, pero ahora estamos bastante olvidados», lamenta. Ahora, en cambio, en la promoción que se lleva a las ferias turísticas solo ve «playa, playa y más playa».

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